BENDITO ESTRÉS!

Como apuntaba en el anterior post, el estrés es una respuesta natural y necesaria para la supervivencia a pesar de lo cual, hoy en día, se confunde con una patología. Esta confusión se debe a que este mecanismo de defensa puede acabar, bajo determinadas circunstancias que abundan en ciertos modos de vida, desencadenando problemas graves de salud.

Desde que al final del S.XVII, R. Hooke, desde un punto de vista “´técnico” en el campo de la ingeniería, en la que exigencia externa actúa sobre un cuerpo y éste, análogamente a una máquina, se expone a un desgaste (wear and tear), el término y su concepción han ido evolucionando.

En S.XIX, G. Beard, lo relacionó con el desgaste nervioso, como resultado de una “sobrecarga” de las demandas propias del nuevo siglo, y lo llama “neurastenia”. Incluso el escocés G. Cheyne (1671-1743),  la presentaba también como propiciada por la situación social existente en ese momento, pero que, en este caso, se circunscribía sólo a la parte de la población de nivel socioeconómico alto.

Con su progresiva evolución en los campos científicos, alcanzamos las primeras décadas del siglo XX, que también son testigo del acento en el concepto de estrés como enfermedad suscitada por una causa psicológica o “conflicto interno”, con ello se populariza lo que se llamará “medicina psicosomática”, aprovechado por el movimiento psicoanalítico, hizo recaer un gran desprestigio sobre la medicina psicosomática por un largo periodo de tiempo.

Agradeciendo a  Selye su aportación, aunque él considere la respuesta como automática y el que afirme que la persona se encuentra bajo estrés sólo cuando se presenta la fase de adaptación general, dejando minimizado el aspecto psicológico.

Una gran aportación actual la tenemos de la mano de la neurocientífica Sonia Lupien, fundadora del Centre for Studies on Human Stress en el Douglas Hospital de Montreal.


Llegamos al culmen de que es un proceso integrado que afecta a la esfera física y psicológica, actuando directamente sobre el sistema inmunológico y la esfera emocional.

Esa afectación al ente global, redunda en una incursión en la esfera laboral, inseparable de la personal, emocional y espiritual. Provocando la depresión, que según la OMS, será la 2ª causa de invalidez en el mundo, en el 2020.

El Modelo de Cooper de la dinámica de estrés relacionado con el trabajo, arroja la clasificación en el prisma laboral. Siendo las principales fuentes de estrés:

  • Intrínseco al trabajo.

Falta de autonomía en la toma de decisiones, siendo una fuente de desmotivación, desánimo y estrés (al sentir que no está evolucionando como profesional y como persona), generando saturación, carga de trabajo, falta de productividad.  Escucho y cada vez conozco a más directivos, con este miedo, y también con la falsa idea de que tienen que arrimar el hombro igual que sus colaboradores hasta realizar tareas que no les corresponde. Finalmente, el colaborador no respeta a su jefe, comenzando una relación errónea. Al final, el directivo y/o empresario se colapsa, el colaborador no se siente realmente responsable y útil, y ambos se alejan de su máximo potencial.

  •   Función en la organización.

La ambigüedad en el rol que se desempeña en la empresa. Generando ansiedad en el 60% de los trabajadores, por la incertidumbre que esto provoca, porque si no se sabe exactamente qué se espera de uno es mucho más fácil cometer errores, que puede salir muy caros en autoconfianza, promociones y ascensos. Igual de estresante es la insuficiencia de funciones.

Otra fuente de estrés relacionada, es el conflicto de las funciones con los valores personales, o con otros departamentos.

Los investigadores French y Caplan descubrieron que la frecuencia cardíaca media estaba estrechamente relacionada con el nivel de conflicto de función o rol percibido.

La comunicación es el gran desafío de las empresas, y por supuesto la falta de comunicación es una enorme fuente de estrés entre los profesionales de hoy.

  • Relaciones en el trabajo.

Las personas buscan sentirse escuchadas y comprendidas, quieren que se las tenga en cuenta en la toma decisiones dentro de su nivel jerárquico, y quieren sentir que pertenecen a un grupo, a un equipo, a una organización. Las personas somos vulnerables, incluso las que más fuertes parecen. La habilidad estriba en la habilidad para ocultar o disimular esa vulnerabilidad o debilidad. Todos necesitamos de los demás para desarrollarnos y enriquecernos, solos, como individuos aislados, no podríamos llegar a ningún sitio. Demasiados empresarios y directivos se olvidan de esto.

  •  Carrera profesional.

La falta de expectativas o las expectativas no cumplidas en una organización provocan desmotivación y estrés, es importante, tener en cuenta si dichas expectativas han sido creadas ficticiamente por nosotros mismos, o son promesas reales de la empresa.

Igual que el estancamiento profesional es tremendamente nocivo, lo es también la promoción excesiva.

  •  Ambiente y estructura organizativa.

Los problemas en este aspecto, afectan al estado emocional de todos sus trabajadores, cuando existe una deficiente comunicación interna, un bajo apoyo en la resolución de problemas, falta de definición de objetivos corporativos, deficiente fiabilidad, disponibilidad, adecuación y mantenimiento o reparación de los equipos e instalaciones, una deficiente organización de las tareas, incertidumbre elevada, exceso o defecto de trabajo u horarios de trabajo inflexibles, largos e impredecibles.

El último informe de la Fundación Europea, indica que el 49% de los trabajadores de la UE, trabaja más de 40h semanales y el 23% más de 45h.

  • Interferencias casa-trabajo.

El sentimiento de culpa y la sensación de estar viviendo una vida sin sentido tienen mucho que ver con la conciliación. Ambas, trabajo y casa, están conectadas, y debemos buscar apoyos cuando los necesitamos.

Parece que arrastrado desde mediados del S.XX, nos hemos acostumbrado tanto al ritmo frenético y competitivo que lo vemos como algo normal. Las generaciones están evolucionando y cambiando, pero esto nos lo hemos cargado a la mochila de la vida. Hemos perdido el contacto con nuestro cuerpo y con nuestras emociones, y por eso, a veces, no sentimos el estrés. Esta ceguera es muy peligrosa, porque si no somos conscientes de que tenemos un problema, nunca lo afrontaremos.

Con el estrés crónico o mantenido: 

– Tenemos manifestaciones somáticas, como: hipertensión arterial, bajo nivel de defensas, caída del cabello, disfunción sexual, úlcera, alergias, trombosis cerebral, infarto de miocardio, cáncer, taquicardias, palpitaciones, insomnio, dolores musculares, sequedad en la boca, trastornos de la atención, pérdida de productividad y rendimiento, exceso de comida, bebida o tabaquismo, dolor en el pecho, sudor en las manos, agotamiento.

– En la esfera psicológica, aparece estado de depresión, irritabilidad, nerviosismo, ansiedad, miedo, angustia, etc. En este sentido, la investigación realizada por Friedman y Rosenman, define un tipo de comportamiento que duplica el riesgo de enfermedades cardiovasculares provocadas por el estrés.

Definieron 3 características de este comportamiento:

– Un fuerte compromiso y un elevado grado de implicación en el trabajo.

– Un sentido muy desarrollado de las urgencias temporales, siempre consciente de las presiones ejercidas por el tiempo y trabajando bajo presión por exigirse respetar los plazos específicos.

– Un fuerte sentido de competencia y una marcada tendencia a la agresividad.

Dentro de una organización, los síntomas claramente conectados con el estrés de sus trabajadores son: absentismo elevado, elevada rotación de los empleados, control de calidad deficiente, disminución radical de la productividad y rendimiento, problemas en la atención al cliente, reducción drástica de la creatividad y motivación, desconexión mental, coste económico elevado.

 

Todos estos síntomas llevan a la organización a enfermar, a tener patologías. Desarrollar cáncer organizativo,  -como expediente de regulación de empleo-, úlcera empresarial –la pérdida del cliente o cliente más importantes- o infarto corporativo –costes económicos inasumibles, pérdida de liquidez, concurso de acreedores, suspensión de pagos o quiebra-.

Por todo ello y más, si somos ejecutivos o empresarios, tenemos la responsabilidad sobre nosotros mismos y también sobre nuestros equipos. Tenemos la responsabilidad sobre nuestra estructura y condiciones laborales. Debemos fomentar un entorno que favorezca la autonomía y la participación en la toma de decisiones, la comunicación fluida, la delegación de tareas, la formación y desarrollo profesional y la conciliación entre vida y trabajo.

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