A Santo Tomás de Aquino (1225-1274) le gustaba creer que las acciones humanas procedían de la reflexión acerca de lo que es bueno. Pero observaba otros actos como el hipo, el llevar inconscientemente el ritmo con el pie, la risa repentina ante un chiste, etc. Eso presentaba un escollo a su marco teórico, de manera que relegó todos esos actos a una categoría distinta de las acciones humanas propiamente dichas “puesto que no proceden de la reflexión de la razón”. Con esto plantó la primera semilla de la idea del inconsciente.

Pasados 400 años, Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) propuso que la mente era una combinación de partes accesibles e inaccesibles. Sugirió que existen algunas percepciones de las que no somos conscientes, y las denominó petites perceptions.También sugirió que hay actividades y tendencias (“apetitos”) de lo que nos tenemos consciencia, pero que sin embargo impulsan nuestras acciones.

En esta línea de cómo afrontar el estudio del cerebro, Charles Bell (1774-1842) descubrió que los nervios podían dividirse en motores y sensoriales. Fortificando la idea de que el cerebro era un órgano con una organización detallada.

Johann Firedrich Herbart en 1824 propuso que las propias ideas podrían comprenderse dentro de un marco matemático estructural: a una idea se le podrían oponer sus opuesta, debilitanto así la idea original y provocando que se hundiera por debajo del umbral de conciencia. Acuñando el término de “masa aperceptiva” introdujo un concepto clave: existe una frontera entre los pensamientos conscientes e inconscientes; somos conscientes de algunos pensamientos pero no de otros.

En este entorno un médico alemán, Ernst Heinrich Weber (1795-1878) se interesó en aplicar el rigor de la física al estudio de la mente. Su nuevo campo de la “psicofísica” tenía como meta cuantificar lo que la gentes es capaz de detectar, lo rápido que puede reaccionar y qué puede percibir exactamente. Por primera vez las percepciones comenzaron a medirse con rigor científico, y surgieron las primeras sorpresas 

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En 1833 Müller empezó a crear debate, si dirigía una luz al ojo, ejercía presión sobre él, o estimulaba eléctricamente los nervios del ojo, se tenía una sensación de luz, y no de presión ni electricidad. Estos le sugirió que no somos directamente conscientes del mundo exterior, sino sólo de las señales del sistema nervioso.

Catell con su ensayo The Time Taken up by Cerebral Operations fue el presagio de un cambio de paradigma. Las tesis de su ensayo era: lo rápido que puedes reaccionar a una pregunta depende del tipo de pensamiento que tengas. Por ejemplo indicar si se ha visto una explosión, se puede hacer en 160 milisegundos, pero si hay que llevar a cabo una elección (“Dígame si ha visto una explosión roja o verde”) se tardará varias decenas de milisegundos más.

En este avance la época industrial hizo que los intelectuales pensaran en máquinas, al igual que la gente aplica hoy en día la metáfora del ordenador, la metáfora de la máquina permeó el pensamiento popular de la última parte del siglo XIX. De esta forma el enfoque de Cattel afrontaba directamente el problema de pensar, estableciendo una conexión entre el cerebro y la mente y con una demostración de la medición del pensamiento. Lo que le llevo a indicar que el pensamiento no era mágico, sino que más bien tenía una base mecánica.

Hasta que llegó el disruptor Sigmund Freud, con su visión darwiniana del mundo, al tener 3 años cuando Darwin publicó El origen de las especies. Freud observó que, a menudo, en la mente consciente de sus pacientes no había nada evidente que impulsara su comportamiento, y así, al concebir ahora el cerebro como una maquinaría, concluyó que debían existir causas subyacentes a las que no podíamos acceder. La mente quizá era como un iceberg.

 

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