Por qué nos habituamos a lo bueno, a lo malo, a lo que sucede y suponemos que no podemos cambiar, incluso a veces por qué nos acostumbramos a una marca o producto. Por supuesto que encontraremos muchas explicaciones unas más contundentes que otras, incluso diremos, “porque SI”

Bueno el porqué es sencillo: pensar es caro. Requiere actividad cerebral, lo cual supone consumir energía, y como la madre naturaleza es sabia la energía es un recurso limitado. Si nuestro cerebro consume el 25% de nuestras reservas de glucosa, pues nos cansamos. Más importante todavía: para pensar se necesita tiempo, y eso implica desatender otras tareas, y en este entorno que nosotros hemos creado, vamos “con la lengua fuera”, pero como animales “evolucionados” que somos, no podíamos dejar de buscar alimento y pareja, o evitar un precipicio o escapar de un depredador en la selva. De esta forma la mente busca su propia productividad y cuanto más capaces seamos de archivar un hecho como algo ya establecido, mejor podremos concentrarnos en nuestros intereses y objetivos actuales. Cuantas menos veces nos preguntemos si algo es bueno o es malo, mejor para nosotros ¿ocurrirá esto con la política o con nuestro trabajo?

La habituación o acostumbrarse a algo no es ningún invento de algún gurú del coaching, tiene su origen en un proceso neuronal denominado “plasticidad sináptica”. Este proceso fue establecido por Eric Kandel, de la Universidad de Columbia y obtuvo el premio Nobel en el año 2000 por haber establecido este proceso.

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Experimento de Eric Kandel con la babosa Alypsia

Los seres humanos llevamos a cabo este proceso realizando afirmaciones categóricas con el paso de nuestra teórica experiencia percibida. En cuanto nos acostumbramos a un aspecto determinante de nuestro mundo, éste se convierte en una parte aparentemente inmutable y rutinaria de todo lo que forma parte de la vida. Nuestro cerebro se acostumbra a no dudar ante aspectos determinados de la vida, las vía sinápticas responsables nos han acostumbrado a ese hecho y ya no es necesario que nos sigamos preguntando sobre una cuestión determinado. Se ha convertido en algo estable, fiable e inalterable, ya no resulta caro para el cerebro.

¿Nuestras suposiciones son reales?

¿Deberíamos preguntarnos diariamente si nuestras percepciones que motivan nuestros comportamientos son reales?

“La gente me pregunta que cómo puedo cambiar de opinión de un día para otro, yo les digo porque me pregunto a mí mismo continuamente si pienso lo correcto. Eso es ser inteligente, lo otro es ser un cencerro” Emilio Duró.

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